Sin duda en las últimas horas ha causado un gran revuelo a nivel mediático y de las redes sociales la llegada de James David Rodríguez a Atlético Nacional y de Juan Guillermo Cuadrado al equipo Deportivo de Los Millonarios, previo al cierre de las inscripciones de jugadores que no tienen contrato y que, por ende, están como agentes libres. Los mencionados jugadores, que llegan, junto a Jackson Martínez (anunciado hoy para el Medellín) a agrandar la lista de la que ya hacen (o han hecho parte) Juan Fernando Quintero, Carlos Bacca, Luis Fernando Muriel, Hugo Rodallega, Franco Armani, David Ospina, Edwin Cardona, Aviles Hurtado, Falcao García entre otros. Futbolistas que regresan a mover el torniquete, a masificar el merchandising, a estimular la venta de abonos, de camisetas, y, por supuesto, a invitar a una mayor asistencia de aficionados a los estadios del país.
Sin embargo, más allá del gran impacto, del boom noticioso y de lo rimbombante que puede ser el regreso de estos íconos del seleccionado nacional al fútbol criollo, es importante entrar a analizar qué tan positivo es a nivel de la competencia el retorno de unos jugadores ya venidos a menos, que pasan por una etapa futbolística más llena de dudas que de certezas, y que recalan en un rentado profesional que hace rato dejó de ser protagonista en el continente y que se ha acostumbrado a resultados mediocres.
Así como se lee. Porque trascendiendo de los simples nombres, de lo publicitario, de lo que significan en el escenario económico estos fichajes para los empobrecidos y mediocres conjuntos colombianos, hay que llegar a una conclusión dura, poco empática con la opinión del común de los hinchas, pero cierta: el fútbol del país es “un cementerio de elefantes”, y a él solo llegan quienes han sido las figuras afuera, pero que ya no tienen mercadeo en los equipos del exterior, porque la oferta en el extranjero ya se les terminó.
Hay que ser sinceros, en primer lugar, un hombre como James Rodríguez no llegó a Nacional porque sí, por ser la escuadra de sus amores, porque el equipo Verde de Antioquia estuviera en su radar, porque ya eran muchos los coqueteos que se habían hecho desde las directivas de la Organización Ardila Lülle. Nada de eso. Él llegó al ‘Rey de Copas’ colombiano, simplemente, porque la oferta que llegó a su entorno desde el Avellino de Italia no colmaba sus expectativas. ¿Qué esperaban, por Dios? ¿Que le pagaran un sueldazo de jugador estrella en un equipo de segunda, el cual se podría convertir, hipotéticamente, en el número quince de su carrera deportiva? ¿Que lo volvieran a llamar de los equipos top de Europa con ese rendimiento tan bajo de los últimos años, y más aún, teniendo a modo de antecedentes sus cortas estadías en los últimos clubes donde ha militado?
Una cosa es ser hincha, pero otra es ser ingenuo y hacer caso omiso a los hechos palpables. El señor Rodríguez recaló en el elenco Verde de Medellín, únicamente porque no había más para dónde agarrar, porque necesitaba un equipo donde medio foguearse para los amistosos de la Selección Colombia en septiembre y octubre, donde, claramente, será una vez más el cacique del Seleccionado Tricolor en el cual poco o nada rindió en el pasado mundial. Él requería, claro está, un cuadro donde no haya grandísima exigencia, donde sea el “mandamás del camerino”, por su historial, donde exista una afición que siempre lo pida de titular, y donde no haya objeciones que lo lleven a ser suplente.
Ahora bien, ¿qué decir de Juan Guillermo Cuadrado? que llegó a Millonarios, el décimo equipo de su trayectoria, a engrosar una lista llena de nombres con pasados brillantes, pero de presentes opacos, y ya casi retirados, que -con el hombre de Urabá- pasa lo mismo. Llega al cuadro albiazul por amistad con Alberto Gamero, por tener algo que hacer, por no oxidarse a sus 39 años, porque no le ofrecieron el dinero que él quería en el conjunto de sus amores (Medellín) al que tampoco volvió, porque a su señora no le atraía mucho la idea de estar en Colombia, y porque ya no le ofrecen algo realmente atractivo desde ninguna liga top del viejo continente, en donde dejó de estar vigente hace rato por sus lesiones reiterativas, y porque como ocurre con todo en esta vida, siempre se llega al inevitable ocaso, en donde hay que abrirle la puerta a las nuevas generaciones.
En fin, si se pudieran seguir examinando los demás casos del resto de veteranos que llegan al balompié de la comarca colombiana, se podrían encontrar otras aristas interesantes, las cuales reafirman la postura del presente artículo: que los que se reencauchan aquí, ya vienen en bajada, en franca decadencia, a quemar los últimos cartuchos que les quedan, en un torneo en donde triste y paradójicamente siguen siendo superiores al resto de jugadores locales, por causa y falta de talento y exigencia.




