Historia a chorros

El agua es de todas las formas. Se ve como río, como lágrima, como sudor o como alimento. Es el primer contacto que recibe el cuerpo al nacer. Ha acompañado al ser humano desde siempre: testigo de civilizaciones, cosechas y guerras. Solo basta con que falte para entender su poder y nuestra necesidad: llega, por ejemplo, la sed, una punzada seca que se pega al paladar.

Precisamente, es la sed junto al amor y a las migraciones, quien ha acompañado a Antonio Ochoa durante sus 90 años de vida. El amor lo siguió por 61 años con su esposa Aurora de Castellón hasta su fallecimiento hace más de cinco años. Desde entonces, lo sostiene la compañía de sus 16 hijos, un bastón y las seis veces que ha soñado con el amor de su vida; en uno de ellos volvieron a casarse. Cuando Don Antonio despertó, hasta ganas de llorar le dieron, dice.

Nacido en 1935, en la Pintada, desde muy joven Antonio sembró yuca, maíz y tomates en el municipio que lo vio nacer. Llegó a cuidar hasta mil matas. A veces, los calores no le dejaban “pelechar” los cultivos. Más duro le tocó a su esposa Aurora, quien iba con unas ollitas a recoger agua para cocinar, lavar y cubrir otras necesidades donde el líquido era esencial para la familia.

Recuerda el campo con cariño y dignidad. Según dice, “el campesino debe estar bien tenido y bien nombrado, porque hasta el día de hoy los frutos y el esfuerzo del campo siguen dando de qué vivir, aquí y en todas partes”.

Luego de 20 años siendo mayordomo en una finca, y a cargo de una veintena de trabajadores, abandonó el campo por una sequía intensa: más de cinco meses sin agua que afectaron los cultivos y el ganado. Tuvo que irse de la Pintada. En esas circunstancias era inviable sostener a los jornaleros y a su familia. Imposible la vida sin agua.

Migró a Medellín en 1955 y vivió con un hermano. Don Antonio considera que, muy probablemente, su arribo a la capital fue el comienzo de su sordera. “La ciudad sonaba muy distinta al campo”. Años después, en busca de “oficio” probó suerte en una finca en Yolombo, pero allí asesinaron a uno de sus hijos. Antonio, entonces, sufrió su primer infarto. El primero de tres. Esa muerte también lo sacó de allá.

Retornó al Valle de Aburrá por segunda vez. Para ese entonces era 1981. Consiguió un empleo de celador en un proyecto de apartamentos que estaban construyendo en Bello, “dizque para empezar a crecer esa zona y que se diera el desarrollo industrial”, menciona Don Antonio. El norte, en ese entonces, tenía una población muy reducida y el barrio donde hoy vive apenas estaba en ciernes.

Las montañas de los alrededores reverdecían, nadie las habitaba y el centro urbano apenas despuntaba.  Al año siguiente, en esos mismos edificios que custodiaba, le regalaron un apartamento con cinco habitaciones para él y sus hijos. Cuenta él que: “los alrededores eran muy distintos, un ambiente muy natural, puras mangas y rastrojos; hasta se veían ovejas y caballos”.

Por tratarse de una zona en expansión, los servicios públicos estaban en obra y la infraestructura urbana era algo en un naciente proceso. Con el paso del tiempo, Don Antonio ha sido testigo de la aparición de más y más gente al ritmo de la transformación de Bello, pues donde antes habitaba el verde natural en variedad de tonos y formas, ahora hay casas y rostros que les son desconocidos.

Por ser casi que uno de los pioneros en la urbanización, Antonio vio crecer a varios de sus vecinos. Una de ellas es Margarita, quien llegó al conjunto residencial siendo una niña de nueve años de edad. También, ella creció con el barrio, enfrentó la escasez de agua y fue testigo de la transformación. Recogía el agua en otros lados y hoy por hoy reconoce que las condiciones y servicio de acueducto son mejores.

En el territorio se han tejido vínculos, impulsados por proyectos sociales que integran a la comunidad y fortalecen el sentido de pertenencia. Poco a poco, la vida digna se ha vuelto costumbre; para la muestra los servicios públicos que llegan, se mantienen y se garantizan.

Hace cinco años, aproximadamente, llegó EPM con las obras del acueducto Yulimar, trayendo consigo mejoras en la prestación del servicio. Margarita menciona que se ha visto beneficiada por el proyecto, mismo que valora cada que ve y utiliza el agua. Se baña cantando y sale renovada. Este líquido vital le ha regalado calidad de vida. De manera complementaria, este proyecto le ha permitido a ella y a sus vecinos aprender de huertas y otros aspectos útiles para la comunidad.

Renovar alcantarillados, construir más tanques de agua potable y mantener en buen estado las redes de acueducto son acciones directas sobre la salud pública. Se trata de reducir enfermedades, de garantizar que lo básico no se convierta en un riesgo y de hacer la vida más fácil para todos.

Y para que funcione, la gestión social es igual de necesaria que las obras de infraestructura, pues es lo que permite que la gente conozca, entienda, participe y cuide. Si la comunidad no está informada, ni vinculada, todo esfuerzo técnico se queda a medias. La infraestructura sirve cuando se construye con y para la vida.

Don Antonio dice que hoy es más fácil sembrar tomates al frente de su casa, y que no se le mueren por falta de agua; que en la última década tuvo dos infartos más, pero la vida ya no lo ahoga; que el barrio le huele a bueno; que hasta el cuerpo le baila solo cuando oye un tin-guis-ti-rin-guis-tin-guisde alguna canción que le gusta. Él, que tanto ha migrado, ahora siente que por fin llegó. Está convencido de que su sed, profunda, se calma más fácil y a tiempo: con agua de panela, con tomates, con una canción, y con la certeza de que el agua siempre llega.

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