Esta semana se celebró en el país el Día del Periodista. Una fecha que deja grandes reflexiones sobre la realidad de este oficio. Especialmente cómo se ha configurado en la actualidad una tendencia a que el periodismo se ha resquebrajado pues en muchos micrófonos se ha dejado a un lado el equilibrio y la neutralidad que es uno de los principios básicos, y cada vez hay más simpatizantes, opinadores y “militantes” llevando la información a los hogares colombianos.
Pocas noticias ya son información en esencia, los presentadores de los noticieros de televisión leen los titulares y le aportan frases personales, cambiando el tono informativo y generando tendencias poco sanas.
Los panelistas en radio comentan cada noticia que comparten y se generan debates tendenciosos haciendo que la opinión pública se divida aun más.
Los periódicos y medios digitales escriben titulares cargados de opinión y sesgo, buscando la indignación colectiva.
Poco encontramos del periodismo sano, de aquel que contrasta fuentes, que titula sin sesgos, que informa sin importar lo que dijo la fuente, que respeta a la audiencia.
Podría compararse este oficio con el de los religiosos que se supone no deberían mezclar la religión con la política. El periodismo no debería dejar de ser en esencia aquel que busca la verdad, que es objetivo y que nunca toma partido.
Hoy confundimos el ejercicio periodístico con la opinión personal, y es normal que el periodista en su vida cotidiana tenga opiniones, que en su vida personal milite en un partido o tenga afinidades con un color u otro, lo que no puede ser normal es que estando al aire (en tv o radio) o al escribir, ponga por encima sus intereses personales a su profesión. No puede seguir siendo permitido que el periodista sea un activista más, que no respete a su entrevistado y que quiera ponerlo contra las cuerdas, dejándose llevar por su propio pensamiento personal.
Y no es hacer preguntas con un libreto, es incomodar sin herir, es incomodar sin querer aplastar, es incomodar sin creer que conoce o sabe más, es incomodar sin querer hacer ver que su entrevistado poco o nada sabe de lo que habla. Por ello también las empresas y entidades deben saber elegir a sus voceros, pero el periodista nunca puede perder sus estribos, como ha sucedido en ocasiones, poniéndose de tú a tú con el entrevistado.
Las universidades deben fortalecer sus programas de comunicación, en una era donde empiezan a aparecer teorías que buscan deslegitimar la profesión. Deben ser enfáticas en el código de ética y la labor del periodismo. En los principios del periodismo y en recordar que por encima del periodista, está la profesión.
Periodista y periodismo van de la mano, pero siempre va a prevalecer el periodismo, porque nosotros somos pasajeros, sin embargo, nuestra profesión seguirá exigiendo personas más firmes, más comprometidas y más objetivas, cuyo fin siempre sea buscar todas las versiones, contrastar, investigar, ir hasta el fondo.
En fin, celebrar esta fecha obliga a ir a la esencia y a hacer una evaluación profunda de nuestro rol en acción, de cuánto nos hemos dejado impregnar por una sociedad que no contrasta, no lee y no verifica. El periodista sí debe hacerlo, máxime cuando el riesgo latente está en que unas máquinas están queriendo reemplazar “el oficio más bonito del mundo” pero es cuando más debemos demostrar que ellas (las máquinas) no sienten, no hablan con las comunidades, no están en sitio.
Este oficio es, en definitiva, cada vez más retador, no solo por quienes lo ejercemos sino también por quienes quieren o consideran que se puede reemplazar.




